Antes de entrar, cierro mis ojos y pido estar a la altura de las circunstancias que me encontraré al cruzar la puerta. Pido ante todo serenidad para poder compartir con todas las personas que me voy a encontrar en aquella habitación, para mí siempre nueva, con sensaciones diferentes e intentando empatizar con cada una de las palabras, miradas, gestos, lágrimas y caricias…
Dando gracias por poder acercarme a sus corazones y a su dolor, que, aunque parezca extraño se puede matizar con sonrisas y suaves miradas.
Si me encuentro sola con el enfermo no dudo en cogerle la mano y compartir lo que percibo en su mirada. Al fin y al cabo el enfermo despierta en mi lo que él necesita… y pasamos un ratito de aquel día, para ellos un día menos.
Y con todo mi respeto y amor me despido prometiéndole que la próxima semana pasaré a visitarle.