A decir verdad, no recuerdo sus verdaderos nombres, y posiblemente de recordarlos también los cambiaría.

Ella estaba acostada de lado y de espaldas. Al oír que me acercaba él se giró. Saludé como en un susurro, por no molestar y me presenté. Asintió y me indicó que ahora ella estaba dormida, y de una forma natural empezó a contarme en voz baja, algunas cosas de ella. Cómo era, algunos recuerdos, lo mucho que le había dado, lo fuerte que siempre había sido…

Yo nada pregunté, y él contó cosas sinceras. Yo escuchaba, asentía, intercalé alguna sonrisa, y él mostró de la forma más dulce cuan grande sería su pérdida. Sus ojos se humedecieron, así sus manos y un suave abrazo permitió esconder su rostro en un hombro desconocido. Y en aquella lentitud de unos pocos segundos, un eterno y silencioso sollozo dio paso a un rostro de nuevo sereno y firme, y una nueva mirada para con quien había compartido toda una vida.

Me miró y dijo “Verdaderamente sois ángeles para nosotros, hoy tu lo has sido para mí; se supone que los hombre somos los fuertes y que por ello no solemos llorar, yo hace mucho que no lloraba”. Y con un fuerte apretón de manos añadió: “Gracias”.

Intercambiamos unas pocas impresiones más. No había ningún sentido en prolongarlo por más tiempo. Había habido magia en aquel instante. Algo que no podemos buscar ni crear. Sólo sucedió. Seguimos en silencio y nos despedimos dándonos las gracias de nuevo. Él reconfortado y con nuevas fuerzas. Yo con un sentimiento de haber contribuido en algo en aligerar el peso del dolor y la pérdida.

Doy gracias a DIME por haber tenido la oportunidad de estar ahí, de la misma forma en que en una ocasión un sincero abrazo me ayudó a mí.

‘Con mucho cariño para María y un fuerte abrazo para Juan’